Borges, ¿un conciliador entre realismo y formalismo?

Yo estoy convencido de que muy pocos (entre los interesados por los temas de la estética y la poética) ignoran que la historia del arte y de la poesía es la historia de una lucha de contrarios que, vista dialécticamente, deviene unidad de contrarios. Es un tema tan antiguo como el arte y la poesía mismos. Y en su devenir ha ido adoptando diversas denominaciones: clásico/barroco, clásico/romántico, «arte comprometido»/«arte por el arte», orden/aventura, social/puro, etc. En el desarrollo de la lectura de este artículo se apreciará el uso de las dos últimas nomenclaturas, en su contradicción y en su conciliación. Sobre esa oposición de «lo puro» y «lo social» he leído lo manifestado por Jorge Luis Borges en su sugerente cuento «El duelo», del libro El informe de Brodie (1970). El título mismo del cuento enuncia el tema de dicha oposición, en paralelo con la anécdota narrada: la rivalidad entre dos personajes femeninos, cuyo final —y final del cuento también— es el siguiente: «En aquel duelo delicado que solo adivinamos algunos íntimos no hubo derrotas ni victorias, ni siquiera un encuentro ni otras visibles circunstancias que las que he procurado registrar con respetuosa pluma. Solo Dios (cuyas preferencias estéticas ignoramos) puede otorgar la palma final. La historia que se movió en la sombra acaba en la sombra»[1]. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el duelo entre las protagonistas es el pretexto del texto. En el fondo y paralelamente, el duelo a resaltar por el lector intérprete es la oposición aludida al principio entre las dos tendencias que polarizan al arte desde tiempos inmemoriales (que es «la sombra» que no termina). Esa relación antitética es una unidad de contrarios, en la que ambos se estimulan y se acicatean, sin buscar su aniquilamiento sino su síntesis dialéctica con la preexistencia de uno y la persistencia del otro. Y como —según Borges— no se sabe si hay dios que dirima el conflicto, este seguirá debatiéndose «en la sombra». Y, en esa confrontación de contrarios, Borges —hay que decirlo— toma partido. Pongo un ejemplo, del mismo texto: De manera subliminal (o a través del narrador) alude a un «Congreso Internacional de Plásticos Latinoamericanos» a realizarse en la ciudad de Cartagena. Y escribe: «El temario —séanos perdonada la jerga— era de palpitante interés: ¿puede el artista prescindir de lo autóctono, puede omitir o escamotear la fauna y la flora, puede ser insensible a la problemática de carácter social, puede no unir su voz a la de quienes están combatiendo el imperialismo sajón, etcétera, etcétera?» (p. 394). Todo lo expresado ahí es una caricatura de la posición «social» del arte, y, en este caso, de sus impulsores. Y en párrafo previo había vuelto a «enfrentar» a dichas posiciones (y digo había vuelto, pues más adelante trataré del otro enfrentamiento precedente), pero, en esta vez, lo hace así: «Hacia el año sesenta, “dos pinceles a nivel internacional” —séanos perdonada esta jerga[2]— se disputaban un primer premio. Uno de los candidatos, el mayor, había consagrado solemnes óleos a la figuración de gauchos tremebundos, de una altitud escandinava; su rival, harto joven, había logrado aplausos y escándalo mediante la aplicada incoherencia» (p. 393). Es decir, Borges —sin decirlo abiertamente— mediante el recurso de la ironía o la caricatura desmerece al «arte social» (viejo, truculento, racional), y exalta al «arte puro» (joven, vanguardista). Y otra perla de esa parcialización es la siguiente: «Los diarios habían puesto a su alcance páginas de Lugones y del madrileño Ortega y Gasset [no solo puristas sino fascistas —acotación mía, JC]; el estilo de esos maestros —continúa Borges— confirmó su sospecha de que la lengua [española] a la que estaba predestinada [una de las protagonistas] es menos apta para la expresión del pensamiento o de las pasiones que para la vanidad palabrera» (p. 391).  No hay que ser muy zahorí para percibir en esa aparente denigración del idioma español, una devaluación de los escritores hispanoamericanos que con esa lengua tendrán pocas posibilidades de expresar su pensamiento o sus sentimientos, y solo se quedarán en una palabrería hueca. Y la siguiente observación de Borges que corrobora lo que acabo de precisar, es la siguiente: «Todo, según se sabe, ocurre inicialmente en otros países y a la larga en el nuestro». Es decir un fatalismo insalvable. Y no solo en el arte sino en «todo». Nada se puede hacer en los países hispanoamericanos que no sea calco y copia de lo que se hace en otros países, especialmente los anglosajones, en particular, y los europeos en general. Pero, luego, Borges hace una descripción del antagonismo tendencial, de «lo puro» y «lo social»: «La secta de pintores, hoy tan injustamente olvidada, que se llamó concreta o abstracta, como para olvidar su desdén de la lógica y del lenguaje, es uno de tantos ejemplos». Y cabe preguntar: ¿de qué es ejemplo ‘la secta concreta o abstracta’? Lo es de su falta de originalidad, porque provino de lo que se había hecho en USA o en Europa. Y, otra pregunta, ¿qué es lo que caracterizaba a esa secta?: «su desdén de la lógica y del lenguaje», como si la pintura —sea cual fuere su técnica— no fuera un lenguaje y dejara de tener una lógica (en su armonía o desarmonía de colores, por ejemplo). Y continúa Borges hablando de esa secta, la misma que —dice: «Argumentaba, creo, que de igual modo que a la música le está permitido crear un orbe propio de sonidos, la pintura, su hermana, podría ensayar colores y formas que no reprodujeran los de las cosas que nuestros ojos ven. Lee Kaplan escribió que sus telas, que indignaban a los burgueses, acataban la bíblica prohibición, compartida por el islam, de labrar con manos humanas ídolos de seres vivientes. Los iconoclastas, argüía, estaban restaurando la genuina tradición del arte pictórico, falseada por herejes como Durero o como Rembrandt. Sus detractores lo acusaron de haber invocado el ejemplo que nos dan las alfombras, los calidoscopios y las corbatas. Las revoluciones estéticas proponen

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