Cuando César Vallejo exclama: “…Yo no sé!” hace una declaración de incertidumbre frente al dolor humano, frente a los heraldos negros que nos manda la muerte. Con ese Yo no sé reiterativo, Vallejo declara su dificultad para expresar, definir o comprender el dolor, pero ese desconocimiento no lo distancia, sino que lo hermana con los demás seres humanos (De ahí ese yo en primera persona que se muestra frágil, solidario y comprometido con aquel dolor).
Y es que hay declaraciones de desconocimiento que pueden ser tan bellas como la de Vallejo; tan profundas como el “Solo sé que nada sé” de Sócrates; o tan perdonables como las de Gareca; porque hasta a Gareca le podemos permitir que responda “No sé” después del partido con Argentina a la pregunta de por qué no está jugando bien la selección; pero no a un político que vive fuera de la realidad y de las necesidades del pueblo, y que, se supone, debería representarnos.
Ese antipoema del desconocimiento lo escribió y reescribió en estos días el fallido premier Ántero Flores Araoz. La madrugada del 15 de noviembre, en la víspera de la renuncia de Merino, interrogado por el paradero de su presidente, Flores Araoz repetía exasperado “Yo no sé”, no solo confundido e ignorante; sino también desafiante, como si no fuera su obligación saberlo. Ese hecho, la negación; y también la pataleta son sintomáticas de una clase política absolutamente cegada por su propia ambición y completamente distante del pueblo y sus necesidades: una clase política que vive de espaldas al pueblo, ese pueblo que se levantó en las calles, liderado por los más jóvenes, para darle una patada a su investidura jurásica y falaz.
No fue la primera vez. Ántero Flores Araoz ya había repetido el “No lo sé” cuando le preguntaron acerca de si sabía cuántos ministros habían renunciado la mañana del domingo mismo, horas antes de la renuncia de Merino. Antes, interrogado por las protestas de los universitarios había intentado torpemente minimizarlos diciendo “Algo les molesta, pero no lo sé, no lo entiendo, quisiera entenderlo, pero no lo sé”.
Pero César Vallejo, sí lo sabía; el cholo Vallejo, al que aquel señor seguramente habría llamado “llama” o “vicuña” (como llamó a los peruanos del Ande a propósito de si debían ser consultados por el tema del TLC con Estados Unidos), lo sabía: sabía que en el Perú nacimos un día que Dios estuvo enfermo, que no sabemos hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe y que nuestro cadáver seguirá muriendo hasta que nos unamos hermanados de una vez y para siempre.
Por mi parte, sinceramente, Yo no sé qué nos depara el futuro; pero sí sé que hay razones para soñar: nos queda esta juventud combativa dispuesta a involucrarse en la construcción del futuro de nuestro pueblo: son muchos y sí son; y nos queda la palabra de Vallejo, flamígera y siempre viva, siempre inmortal.
Catedrático y narrador. Primer puesto en el área de cuento y poesía en los Juegos Florales de la Facultad de CCSS y Educación de la UNP (2001); Primer puesto en el área de cuento en el mismo certamen (2003). Ganador del Concurso de Cuentos para Escritores Noveles organizado por la Editorial Pluma Libre (2007). Publicaciones: poesía: Haykus (Edit. Hesperya, Asturias, 2008), Es la garúa (Edit. América, Lima, 2012); cuentos: Ciudad Acuarela (Edit. Altazor, Lima, 2013) y Perra memoria (Edit. Lengash, Piura, 2015).