La maternidad en la vida de las mujeres es un factor crucial. Durante la socialización, la crianza y la aceptación de los valores de la comunidad a las niñas nos enseñan que la maternidad es el objetivo más importante de nuestras vidas.

Se teje nuestra existencia en torno a la maternidad y se le relaciona directamente con la felicidad, la realización, la complementación, y así casi de inmediato y de manera intuitiva, se relacionan los cuidados y la educación del hijo como roles exclusivos de la mujer madre.

Además, sólo por ser niñas desde que nacemos comenzamos, sin saber, una lucha contra el mundo, y nuestras madres con nosotras. Infantes, púberes, adolescentes, jóvenes y adultas todas somos objetos violables, a todas las edades. Los hombres que nos rodean, en la mayoría de casos, posan sus miradas perversas sobre nosotras, somos carne de cañón disponible para padres, abuelos, tíos, primos, amigos y desconocidos, estamos expuestas al acoso, la sexualización y la violación. Lo viviremos todos los días, en todos los contextos.

   Para las que sobreviven sin ser violadas, tocadas o abusadas en la infancia, la pubertad y los primeros años de la adolescencia, el inicio de las relaciones amorosas y de la vida sexual les pasará factura en muchos casos. Para disfrutar de nuestra sexualidad debemos exponernos a diferentes violencias, asumir roles, normalizar el maltrato, la sumisión constante y la manipulación. Sumado a todo esto también debemos tener mucho cuidado de no embarazarnos, ojo, en todos los casos la responsable de todo lo que pase es la niña, la púber, la adolescente, la joven, la adulta, porque ella provocó, porque ella no se cuidó, porque quería “amarrar”, porque “ella abrió las piernas”, porque bebió, porque usaba falda, porque era “monga”, porque era una puta, porque fumaba, porque era “tonera”, porque caminaba sola, porque iba caliente, porque se me regalaba… la lista es larga.

Antes de mi nacimiento, mi madre ya había pasado por todo lo narrado arriba; ella y sus hermanas han tenido una vida dura. Sus recuerdos son trágicos y tristes, o como ella dice, afortunadamente ahora son recuerdos de los que a veces podemos reírnos o llorar amargamente.

"Además, sólo por ser niñas desde que nacemos
comenzamos, sin saber, una lucha contra el mundo"

Mi madre y yo hemos pasado mucho tiempo separadas, las necesidades y la pobreza han hecho que ella tome distintas decisiones, y por ende, la vida de las dos a veces ha estado marcada por la distancia y la tristeza, la rabia y la rebeldía. Ahora estamos tratando de fortalecer nuestra relación, sabemos que somos importantes para ambas y que tenernos como apoyo y aliadas nos hace sentir bien y fuertes. Esta semana me atreví otra vez, a preguntarle sobre el pasado, sobre su vida, nuestros nacimientos, sus embarazos, la maternidad y el aborto.

      Mi familia trabaja la tierra, mi madre y sus hermanas terminaron la secundaria, unas con más éxito que otras. Después de la escuela les tocó trabajar, la familia era tan grande que todos debían hacerlo para vivir; en aquella época las adolescentes viajaban a otras ciudades para emplearse como amas de casa y así poder ayudar a la familia y asistirse a ellas mismas.

Mi madre trabajó en la ciudad de Trujillo, junto a sus hermanas y primas, todas eran amas de casa y trabajaban para familias diferentes, los fines de semana se reunían para dar un paseo y en ocasiones a bailar y beber.

Mi madre tuvo su primer embarazo a los 23 años, no supo que hacer, tomó distancia y luego se lo contó a mi padre, él le dijo mentiras y la insultó, alegando que ese embarazo podría ser de otro hombre. Así debió enfrentar todo sola.  Después de tres años mi madre tuvo su segundo embarazo, otra vez tuvo que enfrentar todo sola, una cruel repetición. Después de ocho años tuvo su tercer embarazo, esta vez compartíamos el techo con el padre de mi hermana.

           En su primer embarazo mi madre regresó a casa, dejó su trabajo de ama de casa, dejó de llevar su curso de cosmetología y se tuvo que poner a trabajar en la chacra; allí mi madre pensó en abortarme, pero tenía tan metido a Dios en la cabeza, que temía cometer el pecado más grande que pudiera existir. Su segundo embarazo, fue el más caótico, tuvo que dejarme para irse a trabajar por ocho meses a otra ciudad, para tener cómo vestir y alimentar al nuevo crío. Ella recuerda estar devastada, triste, arruinada, sola y desamparada con dos hijos y con las miradas de sus padres, amigos, amigas y familia, insultándola y haciéndole ver lo perra y perdida que era, ella volvió a pensar en el aborto, pero el temor a Dios gritaba con fuerza en su conciencia. Yo tenía 4 años cuando mi hermano nació y para sorpresa recuerdo borrosamente el parto, así como también el rostro triste de mi madre. Mi hermano nació en nuestra casa.

Mi madre trabajaba duro en la chacra, recuerdo los malos tratos de su madre, mi abuela, y de la familia. Luego ella se marchó y nos dejó al cuidado de los abuelos, debía trabajar en otra ciudad. Por esos años no había teléfonos celulares, y en casa éramos muy pobres para un teléfono fijo , mi hermano y yo sufríamos mucho, estábamos al cuidado de los abuelos y ellos hacían lo mejor que podían, con una economía muy precaria. Recuerdo que cuando yo iba a la liturgia con mi abuela, y cuando le preguntaban por mi padre ella contestaba: “es hija de engaño”. Así nos llamaban a los niños y niñas que no teníamos padres.

Ella recuerda estar devastada, triste, arruinada, sola y desamparada con dos hijos y con las miradas de sus padres, amigos, amigas y familia, insultándola y haciéndole ver lo perra y perdida que era, ella volvió a pensar en el aborto, pero el temor a Dios gritaba con fuerza en su conciencia.

Mi madre y nosotros seguimos creciendo, ella era muy joven y no había disfrutado nada de su vida.

Ocho años después llega su tercer embarazo, otra vez se sintió devastada. “Lloraba todos los días porque no quería salir embarazada, no quería tener otro niñx, sentía que era demasiado pronto y no estaba segura de querer tener un bebé con la persona que me acompaña, yo me tomaba las pastillas calladito y justo ese día que no me la tomé, salí embarazada, fue mi terror, pensaba en no tenerlo, pero no había modo de ocultarlo” …

Para llegar hasta donde estamos actualmente, todos en nuestra familia, hemos tenido que sacrificarnos, entre la distancia, la precariedad, la separación, las pataletas, las peleas y los viejos rencores hemos crecido, pero todavía no estamos a salvo.

Yo tuve un embarazo a los 22 años. Mi madre tuvo su primer embarazo a los 23. Yo decidí abortar, ella se vio resignada a tenerme.

Para mí, el aborto ha sido una nueva oportunidad de vida; para mi madre pudo significar la libertad y la búsqueda de sus sueños. Ella suele repetir “si no los hubiese tenido, sabe Dios donde estaría ahora, o si solo me hubiese quedado con los dos primeros, la vida hubiese sido diferente”.

El aborto, es una nueva oportunidad para las mujeres, y un acto de justicia y derechos para las niñas, adolescentes y jóvenes que son violadas en nuestro país. En este año se han reportado 733 niñas embarazadas por violación, los casos más frecuentes son abusos de sus propios padres.

 El aborto terapéutico en caso de violación en el Perú el legal, pero los operadores de la salud y de la justicia persiguen y condenan a las niñas a tener los bebés producto de violaciones, sabiendo que este representa una condena llena de sufrimiento, pobreza, depresión, angustia, señalamiento y muerte de muchas niñas.

En el Perú, el aborto clandestino, representa jugarse la vida, pero también una nueva oportunidad. Muchas mujeres de mi edad y de mi entorno hemos decidido abortar, en casa, o buscando una intervención quirúrgica clandestinamente.

Según un trabajo de investigación hecho por PROSEX, en el 2018, a nivel nacional, un 19% de mujeres han recurrido a un aborto.

El 58% de las mujeres, acudieron a un profesional de salud para interrumpir el embarazo; la gran mayoría de mujeres de este grupo tuvo un aborto quirúrgico.

El método más usado, según la investigación, es la intervención quirúrgica, que representa el 47%. El segundo método más usado son las pastillas y representa el 34% de los abortos a nivel nacional.

El 17% de mujeres que interrumpieron su embarazo con pastillas necesitaron ser hospitalizadas; mientras que este porcentaje asciende a 49% entre aquellas que tuvieron un aborto quirúrgico. El aborto en el Perú existe.

Las peruanas necesitamos: Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir. El aborto representa un derecho y una necesidad, debe ser legal, seguro y gratuito.

La maternidad debe ser una elección y no una imposición, desmitifiquemos la maternidad, y luchemos para que las nuestras hermanas, hijas y sobrinas tengan un mejor futuro.

Queremos derechos para todas.

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