A lo largo del tiempo el arte, en todas sus manifestaciones, ha sido un espejo de las fluctuaciones de la cultura y ejercicio del poder, un reflejo de lo que acontece en los planos económico, ideológico, político y social. En tanto toda obra creativa no se agota en su aporte estético, sino que esta responde a una conexión ideológica per se y a un itinerario de clase entre creador y consumidor.
En estos términos, el arte se vuelve en ocasiones servil, otras rebelde y contestatario, pues todo proceso creativo no es algo estático, sino que es esencialmente dialéctico.
Un jardín de flores para el deleite de los grupos de poder en dominio o un campo minado para explotar el “status quo”, esto es así porque el arte no escapa a las relaciones de poder del modo de la producción en un sistema determinado.
En el Perú de emergencia, confinamiento y caos, la crisis ha penetrado las entrañas de las artes, atacando principalmente su raíz económica, imposibilitando, a priori, la praxis habitual del intercambio pecuniario entre productores del objeto artístico y los consumidores finales de este.
Frente a esta coyuntura los artistas han volcado sus exposiciones, recitales, actuaciones, bailes, danzas y conciertos a este mundo internáutico que promete democratizar el acceso al “ entrenamiento y ocio” para un público lleno de dudas y miedos que hallan en las manifestaciones artísticas una salida, un respiro para aligerar la carga de los días, pero no todos los artistas cuentan con una pc, o un celular que soporte las transmisiones, o cuentan celular siquiera, hay aquellos cuyo escenario siempre fue la calle, los buses, una esquina concurrida, una plaza, una alameda, un eterno juego de escondidas con serenos y fiscalizadores, para aprovechar un minuto en el semáforo y conseguir un par de soles, los hay también aquellos cuyo principal ingreso eran las fiestas en los pueblos, alguna mayordomía, un bautizo o matrimonio, tanta fiesta popular que ahora se ven restringidas por el aislamiento y la inmovilización social obligatoria. Es necesario e importante señalar también que no todo arte es divertimento o entretención, hay arte que desnuda las flaquezas humanas y llena al receptáculo de una profunda conmoción, hay música que está pensada en dolor y el sufrimiento, en fin no todo es, ni tiene porque serlo, agradable en términos de economía.
Hay algo que llama particularmente la atención y es el hecho de que, a pesar de ser el arte, en todas sus manifestaciones, ya sea música, teatro, danza, literatura, pintura etc. un sostén para la población en estos tiempos de crisis social y emocional, persista la indiferencia histórica que se tiene con los artistas, no existe ninguna medida operativizada, pese a que lo haya anunciado el gobierno, en beneficio del sector y las industrias creativas. Tenemos una ley del artista de la que se aprovechan una manga de estólidos que han ejercitado muy bien el cuerpo, pero descuidado terriblemente el cerebro, pues además de apiladores de vasos y ajustadores de tuercas están en guerra por quien hace el mayor ridículo, un ministerio de cultura que desembolsa, con mucho SWING, cifras exorbitantes para pagarle a un hamponcete vestido de oportunismo y maquillado de corruptela, mientras por otro lado hay artistas que sobreviven esta cuarentena gracias a las donaciones voluntarias y caritativas que reciben por sus transmisiones en vivo, dicho sea de paso hay marcas gigantes que se aprovechan de esta situación de desesperanza y con un arma que apunta directamente al hambre convencen a los artistas de realizar transmisiones a través de sus páginas, alegando que estos se van a beneficiar de la audiencia, PUBLICIDAD GRATIS PARA LA MARCA, explotación cruda. Cruda porque el arte se desangra en las fauces del dinero y es confinado a las huestes de su opresor: un Estado que recibe órdenes del Capital y que restringe toda posibilidad de reordenar y recomponer la situación grave del país.
Pero basta, hay que romper varios mitos, y señalar que no todo aquel que tiene minutos en televisión es un Artista, no todo el trabajo del Ministerio de cultura está relacionado precisamente con el arte y la cultura, hemos visto que infla los bolsillos de hampones y burócratas oficinistas que perciben al Perú desde una oficina en la Av. Javier Prado, dentro de esa burbuja que centraliza todo y pretende tener el monopolio de la verdad que se teje en los pueblos de un Perú que no tiene edificios ni cielos grises, por si no adivinan me refiero a Lima, si, tu Lima, , mi Lima, nuestra Lima.
Para no caer víctima de los secuestrados intelectuales que a todo lo que sus jefes mandan le ladran la plantilla “toda crítica debe proponer” prosigo…
Es necesario que los Artistas intervengan en política, para estar presente en la toma de decisiones que rigen su vida, quien si no los artistas conocen las carencias, saben de las necesidades específicas de vivir en una sociedad que los considera “ no esenciales” y que viven dando un salto de fe para garantizarse una vida humanamente digna, hace un montononón (cúmulo) de años ya sostenía Aristocles que “ El precio de desentenderse de la política, es el ser gobernado por los peores hombres”.
Un especial detenimiento merece el Ministerio cultura, entidad fantasma que se erige como máxima autoridad de la cultura en el país, que en la práctica además de refugio de rufianes y mercenarios de la cultura, presenta un estancamiento peligroso para nuestras culturas vivas, una línea de acción que degenera y distorsiona la esencia de los actores en el hecho cultural, el resultado de ello son comunidades enajenadas , pobladores desarraigados y un legado ancestral que se pierde en la pomposidad impuesta y exigida por el asfalto y el capital.
Henos aquí, siempre a tiempo de reaccionar, de abrir los ojos y ver que nuestro Perú es más grande que esta plaga que ha tomado las instituciones por asalto. Que es importante tener iniciativas desde la sociedad civil organizada, pero que es, además de importante, NECESARIO exigir la participación activa del estado en todos sus niveles, hablo de gobierno central, regional y local, en la transformación social y cultural que anhelamos e involucrarnos en los procesos de toma de decisiones para que nuestras exigencias no se queden como experiencias aisladas, sino que estas desemboquen en políticas públicas en beneficio del arte y la cultura.
Rodolfo Walsh
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