FOTOREPORTAJE
Luchar por la tierra:
Paro agrario en Perú y un pliego de reclamos historicamente desatendidos.
Por: Leandro Amaya Camacho
Cronista
El 25 de mayo de 2026 miles de agricultores peruanos iniciaron un paro indefinido para exigir al Estado peruano mayor protección a la producción local, precios justos y reformas para el sector agrario. La respuesta del gobierno, después de cuatro días de protestas, sigue siendo el silencio.
En Piura, una de las potencias agrícolas de Perú, acompañamos a los agricultores y agricultoras en la carretera y los piquetes que improvisaron para resistir.
Pero este no es solo un recuento de cifras, datos, incidencias periodísticas o un informe económico; queremos que ellos mismos les cuenten sus historias, sus vicisitudes, muchas veces marcadas por el clasismo, la explotación, la vulnerabilidad y el racismo.
Lo hemos planeado así para que usted lector conozca quiénes son las mujeres y hombres del campo que garantizan nuestra seguridad alimentaria y entienda porqué su reclamo es, aunque historicamente olvidado, justo.
El agricultor
No son muchas mis tierras. A veces, o bueno ahora le siembro también las tierras a mis tías, como ellas se fueron por trabajo a Lima y Chiclayo, así pues a emplearse en las casas, me dijeron a mí y les dije bueno, normal, al final me dan algo. Ellas son solas, no había nadie más, así que yo siembro todo. Arroz es lo que siembro, ahora los fertilizantes salen caros, todo es caro. Ochenta y cinco soles está el sulfato, la urea está ciento treinta. En una hectárea se van varias bolsas. Cuando cosechamos no se ve ni la plata, en vez de ganancia sale pérdida. ¡Uh que ya llevamos tiempo así! Primero pagamos el agua, luego viene el gradeo, si quieres metes sembradora. La tarea te la están cobrando entre 80 a 90 soles. Pero solo una vez tuvimos una campaña en la que el arroz llegó a un gran precio, 105 o 110 soles, solo el arroz cáscara. Había cosechado bastante, allí lo tenía. Un día vino una compradora. Me miró, me preguntó cuánto tenía y que me pagaba tanto; pero era muy poco, yo sabía que era muy poco y que me engañaba. No señora, le dije, no tengo necesidad. Ya cholito, no seas malo, me dice. Debo llenar uno de los camiones y ya está el pedido. La miré, yo sabía cuánto estaba cobrando ella por el arroz. No señora, le volví a decir, y me metí a mi casa. Al rato volvió, me estaba pagando más. No, para qué, no tengo yo hambre de dinero, déjeme ahí el arroz, prefiero comermelo, además ya sé cuánto está ganando usted. De nuevo me metí, mi hermana miraba. Yo sé cuando me quieren engañar, mi abuelo me llevó a sembrar, toda mi vida he sembrado, 32 años tengo.
No son muchas mis tierras. A veces, o bueno ahora le siembro también las tierras a mis tías, como ellas se fueron por trabajo a Lima y Chiclayo, así pues a emplearse en las casas, me dijeron a mí y les dije bueno, normal, al final me dan algo. Ellas son solas, no había nadie más, así que yo siembro todo. Arroz es lo que siembro, ahora los fertilizantes salen caros, todo es caro. Ochenta y cinco soles está el sulfato, la urea está ciento treinta. En una hectárea se van varias bolsas. Cuando cosechamos no se ve ni la plata, en vez de ganancia sale pérdida. ¡Uh que ya llevamos tiempo así! Primero pagamos el agua, luego viene el gradeo, si quieres metes sembradora. La tarea te la están cobrando entre 80 a 90 soles. Pero solo una vez tuvimos una campaña en la que el arroz llegó a un gran precio, 105 o 110 soles, solo el arroz cáscara. Había cosechado bastante, allí lo tenía. Un día vino una compradora. Me miró, me preguntó cuánto tenía y que me pagaba tanto; pero era muy poco, yo sabía que era muy poco y que me engañaba. No señora, le dije, no tengo necesidad. Ya cholito, no seas malo, me dice. Debo llenar uno de los camiones y ya está el pedido. La miré, yo sabía cuánto estaba cobrando ella por el arroz. No señora, le volví a decir, y me metí a mi casa. Al rato volvió, me estaba pagando más. No, para qué, no tengo yo hambre de dinero, déjeme ahí el arroz, prefiero comermelo, además ya sé cuánto está ganando usted. De nuevo me metí, mi hermana miraba. Yo sé cuando me quieren engañar, mi abuelo me llevó a sembrar, toda mi vida he sembrado, 32 años tengo.


Y la indiferencia política no cesa. A ello se suma la muerte de más de sesenta ciudadanos durante las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte, cuya gestión fue señalada por organismos internacionales por graves violaciones a los derechos humanos y por consolidar un poder autoritario sostenido por la alianza entre el Ejecutivo, el Congreso y el Ministerio Público.
Con su destitución el escenario no ha mejorado: la influencia del fujimorismo, junto con la llegada al poder de José Jerí —acusado de abuso sexual y corrupción—, profundiza la sensación de captura institucional y acrecienta el descontento del pueblo peruano.


En tanto la clase política —y quienes perdieron las elecciones— se aferran al Ejecutivo, el país sigue desangrándose entre la corrupción y la violencia.
Las muertes, la impunidad y la pobreza son el costo de una democracia capturada. En las calles, sin embargo, persiste una verdad incómoda para sus captores: el Perú no está en silencio; la generación Z grita por un país viable.
En tanto la clase política —y quienes perdieron las elecciones— se aferran al Ejecutivo, el país sigue desangrándose entre la corrupción y la violencia.
Las muertes, la impunidad y la pobreza son el costo de una democracia capturada. En las calles, sin embargo, persiste una verdad incómoda para sus captores: el Perú no está en silencio; la generación Z grita por un país viable.
En tanto la clase política —y quienes perdieron las elecciones— se aferran al Ejecutivo, el país sigue desangrándose entre la corrupción y la violencia.
Las muertes, la impunidad y la pobreza son el costo de una democracia capturada. En las calles, sin embargo, persiste una verdad incómoda para sus captores: el Perú no está en silencio; la generación Z grita por un país viable.
En tanto la clase política —y quienes perdieron las elecciones— se aferran al Ejecutivo, el país sigue desangrándose entre la corrupción y la violencia.
Las muertes, la impunidad y la pobreza son el costo de una democracia capturada. En las calles, sin embargo, persiste una verdad incómoda para sus captores: el Perú no está en silencio; la generación Z grita por un país viable.
En tanto la clase política —y quienes perdieron las elecciones— se aferran al Ejecutivo, el país sigue desangrándose entre la corrupción y la violencia.
Las muertes, la impunidad y la pobreza son el costo de una democracia capturada. En las calles, sin embargo, persiste una verdad incómoda para sus captores: el Perú no está en silencio; la generación Z grita por un país viable.