«Voy a la casa donde no viviremos
a mirar los muros que no se levantarán.
Éste es el sitio
donde mi corazón humea.»
 
Manuel Scorza
 

CRÓNICA

¿Te acuerdas de que nos
quitaron nuestra casa, mamá?

Por: Edward Briceño

Cronista

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—¿Y tú, de qué ollita común eres, ah? —le preguntó el guardia de seguridad, mirándola de arriba abajo cuando ingresaba al pasillo marmoleado del Teatro Municipal de Lima.

Como si lanzara una moneda al aire, Genoveva Cruzate señaló a una funcionaria que pasaba al frente y dijo: “¡Mire, es la señorita de Desarrollo Humano de la Municipalidad!”.

Apenas el guardia la perdió de vista, siguió avanzando, camuflada entre un pelotón de mamitas cuya intención era conocer al nuevo alcalde de Lima, Renzo Reggiardo. Él, acababa de jurar el cargo frente a las autoridades, prometiendo (como lo ordena el manual del “buen” político latinoamericano) “recuperar la paz y la tranquilidad en la capital”.

“Van a tomarse fotos con el alcalde”, comentó una mujer con un acentuado labial color cobre oscuro. El grupo subió por las escaleras ornamentadas y los estucos de estilo veneciano hasta un salón repleto de espejos bañados en oro. Allí, una multitud de funcionarios coordinaba el encuentro, sin parar de fotografiar (y, por supuesto, prometer). 

Tomando a su madre por el brazo, Axxel, el hijo menor de Genoveva Cruzate, imitaba el gesto de la cámara con su mano. Vestía una camiseta de la selección peruana de fútbol. “Señora, vamos a ayudarles en Chosica; vamos a ayudar en Chaclacayo, vamos a ayudar en Lurín…” se escuchaba. Todos parecían importar, y todo parecía importante, frente al desfile de los flashes en proceso.

Frente al alcalde, Genoveva Cruzate extendió los brazos como una garza y, en ese abrazo fugaz y  desesperado, le rogó al hombre que tenía al frente:

—¡Señor Reggiardo! Por favor, ¡ayúdeme!

El alcalde hundió su gesto en una incómoda sorpresa. 

Genoveva Cruzate llevaba varios meses viviendo en la calle con sus hijos neurodivergentes, en un refugio improvisado, luego de haber sido desalojada por la Beneficencia de Lima de la casona ubicada justo frente al Teatro Municipal.

***

La choza. Así llama Genoveva Cruzate a su vivienda improvisada. Levantada con ayuda de vecinos de los jirones Ica y Rufino Torrico. Posee dos armarios de madera, dispuestos como si fueran macizas columnas que protegen los flancos delantero y trasero del refugio. A lo largo del reducido perímetro de la vereda, láminas de drywall sientan las bases a modo de pared. Sobre estas, se extiende una densa lona azul de camionero, así se protegen a veces de la gélida medianoche; y de la inclemente radiación del sol meridiano. 

Dentro hay un colchón forrado por un edredón gris ceniza. Al lado reposan innumerables botellones de agua vacías; detrás, algunas bolsas negras y un par de almohadas. Dos sillas sostienen una columna de cuadernos, juguetes y libros escolares. Una pizarra acrílica contiene una casa dibujada. No hay cocina, no hay baño, no hay nada.

Volteo a mi derecha y, pegada al armario, observo una hoja que dice: “Lista de consultas médicas: psiquiatría; rehabilitación física; pediatría; gastroenterología; odontología; psicología; nutrición”. Todas con fechas y horas distintas.

—Son las citas para mis hijos Icker y Axxel. Todas las semanas tienen consulta. Aunque no me alcanza ni el tiempo, ni el dinero —dice Genoveva Cruzate, sosteniendo su bolso.

Y sigue:

—Mi niño menor tiene autismo y TDAH. Los mayores solamente tienen autismo. El autismo que ellos tienen es genético.

Genoveva Cruzate duda de los informes técnicos que sostienen que la fachada de los balcones es tan frágil como un castillo de cartas y que los frisos del techo pueden venirse abajo soplando. Foto: Edward Briceño

Entonces saca de su bolso los cartoncitos amarillos y azules de sus hijos Alisson, Icker y Axxel. Su otra hija, Estefany, de treinta y cuatro años, ya tiene un hijo; vive en otra parte.

Genoveva Cruzate tiene cuarenta y ocho años y es viuda. Sueña junto a sus hijos. Los imagina realizados. Estudiar con ellos la suspende en el más recóndito de sus anhelos: ser profesional.

***

Al mediodía del 14 de agosto de 2025, Genoveva Cruzate y su hijo Axxel regresaban del colegio a la antigua casona color crema, frente al teatro Municipal, que durante casi diez años habían llamado hogar. Venían alegres. Axxel había culminado satisfactoriamente una exposición en clases acerca del aparato respiratorio. De repente, Genoveva Cruzate recibió una llamada. “¡Mamá, nos están desalojando!”, gritaba desesperada su hija Alisson, por teléfono. Apresuraron el paso. Al acercarse, la esquina del lugar se reveló atravesada por gritos; vieron una muchedumbre aglomerada alrededor, como hienas ante carne de rapiña. El predio estaba ya cerrado. La mayoría de sus cosas yacían afuera.

Una cadena de fiscalizadores municipales, uniformados de un indiferente azul oscuro, impedía el paso peatonal. Cuando se les preguntó por la orden de desalojo, no hablaron. Cuando se les preguntó por el acta de levantamiento, tampoco. La fuerza bruta disfruta ser implacable ante el indefenso. “¿Cómo la van a botar, si tiene dos hijos con discapacidad y, encima, ayuda a los animales?”, reclamó una vecina al jefe del operativo. Solo hubo silencio.

Genoveva Cruzate nunca pudo tener animales de niña. Su familia se lo prohibía. Por eso, tan pronto descubrió que su hijo Icker necesitaba un animal de apoyo, comenzó a recibir gatos y perros para darlos en adopción. Para el momento del desalojo tenía nueve animales. Cinco de ellos quedaron atrapados en el cielo raso del local y se asomaban por la reja de ventilación. De todos los animales, el más amado era un gato anaranjado que nunca quiso dar en adopción. Su nombre era Alex. Semanas más tarde moriría desnutrido.

Foto: Comité de Vigilancia
Genoveva no solo debe luchar contra la indolencia de las autoridades peruanas, al ser autista y diabética debe enfrentar el monstruosamente lento sistema de salud peruano. Foto: Edward Briceño.

Icker, que llegaba de terapia, preguntó: “¿Mamá, no podemos hacer nada?”. No, hijito; y se quedó callado, como mirando el inmenso rostro del vacío. Axxel sollozaba y gritaba. Y Genoveva Cruzate, que jamás llora frente a sus hijos porque es mamá y papá en la familia (desde que su esposo Gualberto Aranda murió en 2021, a causa del coronavirus), se sentó a ver cómo se llevaban sus cosas. ¿A dónde se lo llevan, señor? A donde sea que lo reubiquen; “le estamos haciendo el favor del traslado”, indicó el fiscalizador. Entonces Genoveva Cruzate sintió el peso de la realidad sobre sus hombros, y pesaba tanto que creyó desvanecerse. Necesitaba insulina. Son varios los años lidiando con la diabetes. Pero, el refrigerador que la contenía, también había sido decomisado.

Un grupo de vecinos los acompañó durante su primera noche a la intemperie. La luz del farol parecía desmembrar en dos los jirones; el frontis de la casona ofrecía apenas su cara sombría. Genoveva Cruzate intentaba hacer dormir a sus hijos. Cuando lo consiguió, la curiosidad se deslizó por su mirada y la empujó hasta la cerradura —ahora cambiada—. Pero Genoveva Cruzate siguió su instinto y, recordando que la reja que sostenía la cerradura estaba parcialmente desprendida, hizo presión hasta lograr que cayera. Miró efusivamente hacia los lados y, controlando el río de adrenalina que corría por sus sienes, llamó a su vecina, una abogada que había salido en su ayuda horas antes.

—¿Qué hago? —consultó. La abogada pidió paciencia para investigar.

Pasaron algunas horas cuando por fin escuchó las palabras:

—Señora, entre con sus niños.

La Sociedad de la Beneficencia de Lima llevaba años intentando desocupar la casona en la que Genoveva Cruzate habitaba con su familia. En 2023, la Corte Superior de Justicia de Lima declaró fundada la demanda interpuesta por la institución, que solicitaba autorización para desalojarla por “ocupación precaria”, todo pese a haberlos ubicado allí en 2015. Ella declara nunca haber negado la posibilidad de un traslado. Así lo demuestra una carta firmada en 2016, año en que comenzó la presión por parte de la institución social. Foto: Vladimir Velasquez

***

—¡El que se mete acá va preso! —decía uno de los quince policías con el garrote en ciernes, amenazando a los vecinos que formaban un cordón alrededor de la puerta.

A su costado, otro efectivo intentaba forzar la entrada metálica con una pata de cabra y una moladora.

Genoveva Cruzate se encontraba del otro lado, atrincherada; aferrada a la oscuridad de su espacio. Adentro solo quedaba ropa, zapatos, juguetes y una gigantografía de su difunto esposo.

—¡Yo tengo a dos autistas acá conmigo, ustedes están cometiendo un error!  —decía al grupo policial, tras la puerta.

—¡Abra la puerta! —gritaba de vuelta uno de los policías.

—¡Tengan humanidad! —dijeron los vecinos. 

El rugido de la motosierra opacaba los aullidos de denuncia.

—¡Que abra la puerta! –repetía el policía.

Genoveva Cruzate seguía apoyando todo su cuerpo sobre la puerta. La centella del acero caliente por la hoja rozaba sus muñecas, quemándolas ligeramente.

De repente, hubo un silencio.

—Mamita, ¿tú tienes cómo probar que vives ahí? —preguntó una policía, acercando su cara al metal.

—Sí —dijo Genoveva Cruzate—. Tengo un papel.

—Mira —continúa la agente— vamos a ir a la comisaría. Lleva todos tus papelitos. Yo misma te traigo. Le estás causando un trauma a tus hijos. Ellos se pueden quedar acá con su hermana mayor, por mientras.

—No. Mis hijos no paran con nadie, se desesperan. 

Entonces, Genoveva Cruzate hizo una pausa:

—Señorita, ¿usted me está diciendo la verdad? ¿Puedo ir con ellos a la comisaría? —mirando a sus hijos, tragó saliva—. Señorita, ¿usted me está diciendo la verdad?

Y Genoveva Cruzate cometió el error de confiar. Abrió la puerta, tomó a sus hijos y subió voluntariamente a la patrulla. El chillar de la sirena envolvía el abrazo protector en el que sumergía a Icker y Axxel. En el retrovisor, los agentes gesticulaban con socarronería.

Mientras arribaban a la Comisaría Monserrat, un equipo de albañiles ponía ladrillos en la entrada de su casa.

—¿Sabes en qué problema te has metido, no? —le recriminó la misma agente, al llegar al comando policial.

—¿En qué problema, señorita?

—Está usurpando al Estado.

A Ikker, el hijo menor de Genoveva, le gusta el orden. Utiliza tan solo tres colores: amarillo, azul y rojo. Quiere ser chef en la NASA para probar qué se siente comer desde la luna. Le gustan las ciencias y las matemáticas; resolver acertijos y rompecabezas. Es demiurgo a tiempo completo: trabaja sin descanso en los videojuegos que programa desde el teléfono sin saldo ni plan que comparte con su hermano. Fotos: Vladimir Velasquez

Frente al escritorio del comisario extendieron una inacabable montaña de papeles con el propósito de que Genoveva Cruzate los firmara. La tinta difuminada le bailaba en la pupila; hacía tiempo que no podía leer a causa de la diabetes. “No sea terca…”. No puedo joven. “¿Sabe que está detenida por cuarenta y ocho horas, no?” ¡Pero si no puedo leer!; “¡pero firma!” No firmo porque no sé qué cosa dice… 

—Entonces llévala al calabozo.

—¿Pero cómo vas a llevar a la señora al calabozo? Si está con sus dos niños. —respondió un efectivo que se había acercado, contemplando la escena.

El primer efectivo cedió y autorizó el ingreso a la oficina del comisario, mientras continuaba el procedimiento por el delito de usurpación.

Genoveva Cruzate sintió un mareo.

—Mamá, ¿a qué hora nos vamos?

—Primero vamos al cuartito, hijito. Te voy a abrigar.

Tras varias horas de resistencia, cediendo al cansancio y a la falta de insulina, dejó caer su humanidad —y la de sus hijos— sobre el opaco cemento. Deslizó la espalda por el friso y terminó sentada, con un hijo en cada brazo, apenas distinguiendo la forma de las cosas frente a su retina.

—Mami, mami…

—Estoy bien, hijo. Tengo sueño.

Icker la miraba, lagrimeando en silencio.

Ella se desvanecía. Quizá, en ese instante, pensaba en las bondades del cielo en el que nunca ha creído. Apenas escuchaba lo que tenía alrededor.

Genoveva Cruzate estuvo recostada sobre la pálida camilla de la sala de emergencias del Hospital Loayza durante algunas noches. Su hija Alisson y su abogada lograron que la llevaran a una revisión médica desde la Comisaría de Monserrat. Ahí, el cuerpo médico le diagnosticó una fuerte infección en los riñones. Cuatro días después, salió de alta médica. Hoy, Genoveva Cruzate prepara una contrademanda por abuso de poder contra la Policía Nacional del Perú. Foto: Vladimir Velasquez,

***

La osadía en el Teatro Municipal dio sus frutos. El alcalde Reggiardo no pudo sustraerse al compromiso ni a la presión que imponían las cámaras y la presencia de la clase gobernante del Perú en el Salón de los Espejos; tras la juramentación, Genoveva Cruzate fue asistida. Ahora sus hijos y ella duermen en Cañete 100, una residencia social a la espalda del convento de Santa Rosa. El problema es que EMILIMA, empresa inmobiliaria municipal y encargada del predio, reincide en el esfuerzo de cobrarle trescientos soles mensuales.

—Me he quedado en nada, joven —dice.

Genoveva Cruzate recuesta la mano sobre su pómulo y deja caer su mirada vigorosa. Arquea hacia arriba las cejas frondosas; las bolsas bajo los ojos acentúan su color oscuro. Cada vez duerme menos. La diabetes le quitó parte de su dentadura. También manchó las venas de sus muñecas y tobillos con una dolorosa telaraña oscura. Algunos picos nevados asoman en la cordillera de su pelo.

—¿Usted cree en Dios? —pregunto, casi de espaldas, observando el refugio.

—Yo creo en una existencia divina, pero no creo en ninguna religión… —confiesa y hace una pausa—. El Dios de Baruch.

—¿El de Spinoza?

—El de Spinoza, joven.

Genoveva Cruzate no teme a la muerte ni al castigo eterno desde que era adolescente. Pero suspira, exhausta. Detesta leer los comentarios en redes que le acusan de estar aprovechándose de la situación de sus hijos.

Ella me cuenta que con frecuencia, Axxel le pregunta: “¿Te acuerdas de que nos quitaron nuestra casa, mamá, por exponer?”. “No, hijo, tú tienes que seguir estudiando”, responde siempre. Acaso como no lo pudo ella, que vino desde su natal Ica a los dieciséis años para ingresar a la universidad y se quedó a mitad, en este monstruo de mil cabezas llamado Lima. A Genoveva Cruzate le agrada la idea de ser abogada porque desde pequeña estudió la Historia. Congracia con Bolívar y detesta a Miguel Grau. Dice no comerse cuentos marinos. Escucha mi dejo; me pregunta por Nicolás Maduro. 

—Yo, de pequeña, sentía mucha atracción por la lectura. Leía mucho. A mis hijos también les enseño eso. “No crean lo que yo creo: lean”. Para eso están los libros. Lean cómo nació la religión, lean todo, todo lo que tenga que ver. Y luego ustedes mismos analicen. Yo no soy una persona que infunda lo que cree en los demás, no. Para mí, eso es el verdadero libre albedrío.

Genoveva Cruzate leyó Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana cuando tenía catorce años. Quería matricularse en un colegio que le había llamado la atención: el José Carlos Mariátegui. Consiguió inscribirse tras convencer a una auxiliar de que la representara, ya que sus padres no toleraban la posibilidad de que estudiara en un colegio que consideraban “terruco”. Y aunque su padre le prohibió seguir almacenando esas lecturas, tomó contacto con la obra de Karl Marx. Posteriormente se interesó en la Segunda Guerra Mundial, pero dice que hay extractos que no recuerda. La diabetes también genera lagunas mentales.

Entonces pido visitarla otro día. Contesta que esa semana estará ocupada, que Axxel tiene cita con el gastroenterólogo porque “los autistas tienen el estómago permeable”. Solamente come cuatro cosas: puré de papas, lentejas, milanesa y tallarín verde.

—¿Y cómo hace usted con la alimentación de sus hijos? —le digo.

—Lo que tenemos lo compartimos.

***

Genoveva Cruzate y yo caminamos lento, como tropezando con el sol, hasta el final de la cuadra. En la esquina, un restaurante de tipo menú ofrece sus servicios. Entramos. Pido un pollo a la norteña y ella un chicharrón de pollo con papas. Nos sirven. Entonces empiezo a comer. Ella cuenta:

—Cuando mi esposo murió, fui a pedir ayuda a las oficinas de la Municipalidad de Lima. Me atendió un hombre y le dije: “Señor, ha muerto mi esposo. Usted debe tener al menos algo, aunque sea avena o arroz, para darles de comer a mis hijos… No tengo nada, he vendido todo”. Me dio un número de teléfono que hasta ahora conservo.

Haciendo una pausa ligera, continúa:

—Nunca se aparecieron. Por eso no tengo esperanzas en el Gobierno, ni en la Municipalidad.

—¿Entonces, en qué guarda sus esperanzas? 

Ella medita antes de responder:

—En poder volver a salir adelante, así como lo hice cuando mi esposo se fue. Con mis hijos… trabajando, ya más tranquila, con un hogar estable… Porque lo de ahorita no es vida.

Me levanto después de comer para pagar la cuenta cuando, deslizando su brazo con timidez, musita:

–Joven, voy a pedir bolsita.

Genoveva Cruzate mete todo el menú en la bolsa; menos el par de papas fritas y la cucharada de arroz blanco que alcanzó a comer mientras contaba su historia. Al salir, su sombra parece difuminarse con el azulado ardor del cemento. La choza todavía se mantiene, como expectante, a las faldas del imperial Teatro Municipal de Lima. Está custodiado por un cartel de la Municipalidad que grita: “El Centro se disfruta caminando”.

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