REPORTAJE
Niebla, agua y tiempo:
Los páramos y lagunas que dan agua al norte del Perú
Por: Leandro Amaya Camacho
Periodista
La caravana se detuvo ante un hilo de agua que iba ensanchándose hasta despeñarse y convertirse en quebrada. Bajaba de las grandes montañas de piedra y tiempo, de picos coronados con árboles y niebla, que se alzaban a un lado del camino y, como dos grandes murallas, se estiraban hacia el sur. Eran cadenas y cadenas pétreas, lavadas por la garúa que caía del cielo nublado de la sierra norte del Perú. Los caballos, acostumbrados al terreno, conocedores de los caminos escarpados de la cordillera Huamaní, subieron una cuesta, y bajaron por un sendero estrecho hasta detenerse frente a una pampa que crecía a las faldas de la montaña. Allí reposaba una laguna amplia y oscura. Tras dos horas de cabalgata habían llegado a Las Huaringas. El aletear de los pájaros y el silbo del viento eran los sonidos de esa tierra antigua, extensa y arisca.
“Allá, esa es la laguna Shimbe, pidan con respeto”, dijo uno de los jinetes. Los comuneros observaron con reverencia, tal como lo habían hecho durante centenios diversos caminantes venidos de la Amazonía, la costa y la sierra peruana para pedirle favores a aquella laguna y otras veinte más desperdigadas entre las montañas de Huancabamba.
Aunque aún eran las nueve de la mañana toda la extensión del paisaje estaba amortajada por la niebla que en hebras parecía desprenderse del cielo; era pálida la luz del sol a 3.300 metros sobre el nivel del mar. Frente a la laguna había cinco hombres, envueltos en ponchos coloridos, que levantaban bastones y rociaban con todo tipo de perfumes a una decena de personas. “Curanderos, son curanderos”, dijo una muchacha que de un salto se había encaramado en un peñasco desde donde se podía ver el tajo cristalino del agua que se había convertido en laguna tras incontables años de herir la roca.
Ella es Angie Meléndres, ingeniera ambiental y comunera que siguiendo la huella de sus ancestros ausculta cada espacio de los páramos, las lagunas y los bosques montanos. “Ellos [los curanderos] forman parte de lo que es este pedazo de Los Andes del Norte. Para preservar lo que vemos queremos crear el Área de Conservación Regional Páramos Andinos – Huaringas, porque en este mosaico se fusionan los servicios ecosistémicos, los saberes ancestrales, el agua, los corredores ecológicos… la vida en suma”, dice Angie, que ya ha bajado de la roca y se enjuga el rostro con la lluvia que ha empezado a arreciar.


El complejo Las Huaringas forma parte de un territorio altoandino donde conservación, cultura y agua están profundamente interconectadas. Foto/Leandro Amaya C.
Pronto el viento se calma y deja de embestir a las piedras. A medida que nos acercamos a la laguna, la lluvia se vuelve una fina cortina de agua que se abre lentamente y deja escuchar las voces de quienes están de pie en las orillas. Todos le piden algo al agua, y el curandero —cuya presencia perdura desde el imperio incaico, impasible incluso ante la colonización española y la modernidad republicana— bendice los deseos y ruega ante la laguna los favores.
Algunos piden éxito, una gran carrera política, que el amor no les sea esquivo, otros solo quieren salud, y habrá algunos —tal como los antiguos peregrinos de las épocas precolombinas— que orarán para que haya agua para las siembras. Que se mantenga el flujo, que no haya polvo y sed en los valles y las ciudades, que la sequía no se lleve a sus animales, sus sueños y las frondosas cosechas. Pero todos, absolutamente todos, dirán las palabras mirando al agua o mientras se sumergen en ella.
Esa agua criada entre las montañas, en los páramos neblinosos y húmedos, que deshilachada bajará para convertirse en aquellas lagunas, o se enterrará hasta resurgir siendo quebrada; será cauce manso que al tomar viada agitará su lomo de río bravo e irá a los valles costeros de Piura o Chiclayo; alcanzará las tierras pardas de la sierra y luego, hacia el oriente, el inabarcable verde de la amazonía; esa agua, con sus innumerables brazos, al mezclarse ya con otras aguas y otros ríos, irá a dos océanos: el Atlántico y el Pacífico.
Iván Mejía, biólogo y jefe de proyectos de Naturaleza y Cultura Internacional, define a los páramos de Huancabamba como “uno de los corazones hídricos más importantes de Perú y de Los Andes del Norte”. Él desde hace una década trabaja para que se resguarden los ecosistemas paramunos y los bosques montanos del sobrepastoreo, la agricultura extensiva, la tala ilegal y la minería. Tiene una fascinación inacabable por el circuito de lagunas.
Por eso, al llegar a las orillas de la Shimbe, le ofrenda una lima y un poco de azúcar por haber permitido que el viaje hacia ella fuera tranquilo. Luego observa la niebla que se posa sobre el agua, donde ya el viento ha empezado a formar olas, y resuena como un cuerno de guerra. Con el dedo señala las cimas invisibles que casi alcanzan el cielo, los bosques montanos, la laguna, el ichu, la lluvia fina e incesante, y dice que de allí viene todo, “de la neblina y el páramo”.
De acuerdo con la Autoridad Nacional del Agua (ANA), los páramos son la “única fuente de agua” de estas latitudes que garantizan el abastecimiento hídrico de decenas de comunidades, valles agrícolas y ciudades. Foto/Leandro Amaya.
Allá, de donde viene el agua
Definir los páramos es tarea difícil porque no solo se trata de territorios eternamente envueltos en niebla que “acumulan mucha agua”, también hablamos de territorialidad y cultura, del hogar de especies endémicas, y de espacios estratégicos para combatir el cambio climático debido a su gran capacidad para capturar carbono. Son ecosistemas muy complejos y completos.
En el estudio geográfico “El páramo andino: características territoriales y estado ambiental” lo describen como “un espacio de producción y trabajo con una gran carga histórica, cultural y política, es decir, un paisaje, en la mayor complejidad del término.” No son espacios estáticos, sino en eterno movimiento que determinan los modos de vida en las partes bajas, en los valles y las ciudades. En América Latina sólo se encuentran en el territorio de cuatro países: Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú. A esta cadena montañosa se le denomina Andes del Norte, cuyo límite sur es el Abra de Porculla, la depresión de Huancabamba.
En Perú los páramos se ubican únicamente en el norte del país, en Piura y Cajamarca. En el caso de Piura están limitados a las provincias de Ayabaca y Huancabamba, y su presencia hace literalmente viable la vida cuesta abajo: pues la costa es árida y, de acuerdo con la Autoridad Nacional del Agua (ANA), los páramos son la “única fuente de agua” de estas latitudes que garantizan el abastecimiento hídrico de decenas de comunidades, valles agrícolas y ciudades. Un ejemplo concreto es el río Quiroz, que nace en estas alturas y desciende hacia la vertiente del Pacífico.
“Con el río Quiroz se llena aproximadamente el 70% del reservorio San Lorenzo que beneficia a 42 mil hectáreas de cultivos y 12.000 productores. Y el excedente, que es el 30%, pasa al río Chira”, sostiene Abel Calle, coordinador del Fondo del Agua Andes del Norte. “Posteriormente el río Chira es aprovechado en el Reservorio Poechos desde donde se irrigan tres juntas de usuarios y más de cien mil hectáreas de cultivos, de allí también sale el agua para la población de Piura”, añade el especialista.
“El páramo es un ecosistema muy importante de nuestra región, es un colchón de agua que garantiza el recurso hídrico a las diferentes provincias de Piura”, explica Lucy Riojas, sub Gerente Regional de Gestión de Recursos Naturales del Gore Piura.
Por su parte una investigación del Stockholm Environment Institute en la cuenca del río Quiroz- Chipillico determinó que aunque los páramos ocupan sólo el 5% de la superficie de la cuenca, en épocas secas puede contribuir hasta el 50 % del caudal que fluye hacia las zonas bajas, lo que demuestra su importancia como reserva hídrica en épocas de sequía. El Fondo del Agua Andes del Norte informa que una hectárea de páramo bien conservada tiene 30% más de capacidad para retener agua.
Aunque la influencia de los páramos no se limita solo a Piura: de aquí también nace el río Huancabamba que da un gran aporte hídrico al reservorio El Limón que irriga el fértil valle de Olmos en Lambayeque. Además, en su camino hacia la vertiente del Atlántico, comunica a los Andes con la región Amazónica; al unirse con el río Chotano en Cajamarca forma el río Chamaya que es uno de los principales afluentes del Marañón, que a su vez, al confluir con el Ucayali, da origen al río Amazonas.
Pero los páramos son ecosistemas frágiles y de recuperación lenta. Cualquier alteración —sea por el avance de actividades humanas como la minería o por los cambios del clima— puede romper la cadena hídrica y su función de corredor ecológico. En la región de Piura, donde este ecosistema conecta la costa, la sierra y la Amazonía, su deterioro tendría impactos directos en la estabilidad climática, ecológica y alimentaria.
“La pérdida del ecosistema paramuno repercutirá en la agricultura de exportación de la costa, en los ecosistemas y en la organización de las comunidades que habitan estas alturas. Anticiparnos a esa situación es necesario”, advierte la científica Ana Sabogal en su informe “Caso de los páramos de Pacaipampa, Altos de Frías y Huancabamba, departamento de Piura”.
Ante estas advertencias y las amenazas de un proyecto minero cerca de los páramos piuranos, las comunidades han propuesto la creación del Área de Conservación Regional Páramos Huaringas. De establecerse será parte del corredor de Conservación Andes del Norte de Piura, aprobado por ordenanza regional en 2024, cuya extensión es de aproximadamente 172 mil hectáreas y articula al menos ocho áreas de conservación. Y eso suena a una vasta extensión de montañas y bosques.


Los páramos de Ayabaca y Huancabamba, ubicados a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, son determinantes para la vida en la árida costa del norte peruano. Foto/Leandro Amaya C.
Conservar el agua y la vida
Las personas dicen que en la sierra de Piura existe una ciudad que camina, que cada año avanza un centímetro como si estuviera levantada sobre el lomo de una enorme tortuga perezosa. Se llama Huancabamba, y lo cierto es que se mueve porque la erigieron sobre una ladera inestable, pero es cierto también que esta peculiaridad favorece al aura mítica que la rodea. Para llegar a ella se debe salvar curvas, sortear acantilados, sobrepasar las nubes e ir alto, muy alto, a casi dos mil metros de altura. Cuando por fin aparece ante la vista de los viajeros, tras seis horas de travesía, el azul y el verde dominan al mundo.
Desde hace nueve años los científicos de Naturaleza y Cultura recorren esta ruta serpenteante, y hace tres años se ha unido a sus expediciones un equipo especial del gobierno regional de Piura. Su objetivo es crear el Área de Conservación Regional Páramos Andinos-Huaringas, que tendrá una extensión de más de dieciséis mil hectáreas, y entre otras cosas integrará ecológicamente a dos provincias (Huancabamba y Ayabaca), beneficiará a 22 comunidades, garantizará un corredor ecológico y protegerá las cabeceras de cuencas.
Los expedicionarios, entre tantos ires y venires, se han acostumbrado a la vida trashumante y al descanso bajo la sombra húmeda de los árboles que se erigen en el camino hacia las comunidades, y por supuesto, a Las Huaringas. Atestados de cámaras, laptops, libretas y grabadoras recorren los pueblos para conversar y coordinar la creación de la ACR.
“Llevamos tres años trabajando en la creación [oficial] del área, iniciamos en 2023, son cuatro etapas. Ahora estamos en la tercera, que es la de zonificación. Donde verificamos cuál es el uso del territorio, para saberlo visitamos las comunidades y nos reunimos con la población”, cuenta Lucy Riojas, sub Gerente Regional de Gestión de Recursos Naturales del Gore Piura, mientras toma aliento para continuar por una cuesta de barro y piedras.
Cerca de allí un grupo de colibríes revolotean por entre unas flores amarillas. Una caravana, guiada por un curandero ataviado en su poncho rojo, nos da el alcance. Los hombres, mujeres y niños que lo siguen caminan sin fatiga, no hace mella en ellos la altura, conversan a viva voz. Saludan con respeto y ofrecen beber cañazo para atacar al frío. Tras su paso queda el rumor de la música que escuchan, es una cumbia alegre, un sanjuanito que habla de amor y cuyas estrofas encuentran eco en el silencio de las piedras. Los caminantes son de Cajamarca, Chiclayo y Lima, otros de Ecuador y Colombia. Todos van hacia las lagunas.
Riojas los mira hasta que se pierden tras una curva, “eso es lo que también se busca proteger, la cultura ancestral de los pueblos andinos”. Luego se limpia el barro de las botas y echa a andar.
Si la ACR Páramos Andinos Huaringas se concreta, formará parte del Corredor de Conservación Transfronterizo Andino‑Amazónico, una iniciativa binacional entre Perú y Ecuador destinada a proteger ecosistemas clave y mantener la conectividad entre páramos, bosques montanos y zonas amazónicas. Esta conectividad es vital para que especies emblemáticas como el oso de anteojos (Tremarctos ornatus), el tapir andino (Tapirus pinchaque) , y el puma puedan desplazarse entre diferentes hábitats, asegurar el flujo genético y mantener sus ciclos de vida. Los ríos y humedales de la región también sostienen anfibios, peces y aves migratorias, mientras que los bosques albergan una rica diversidad de flora endémica.
“Para la creación se debe tener en cuenta el diálogo constante, el trabajo comunitario, el intercambio de saberes y la preservación de la memoria ancestral”, le dice el biólogo Ivan Mejía a un auditorio de comuneros en Salalá, uno de los caseríos más altos de Huancabamba y la entrada hacia la laguna Shimbe.
Mejía considera indispensable que los comuneros accedan a proyectos productivos que les permitan desarrollarse económicamente sin alterar de forma negativa al medioambiente, y a la par que mejoren su calidad de vida. “Para preservar primero debemos tener en claro qué nos va a dar de comer, garantizar nuestra seguridad alimentaria. No se puede preservar sin cubrir las necesidades básicas de las comunidades”, explica.
El discurso del biólogo coincide con las visiones de los comuneros quienes expresan su deseo de conservar, proteger y progresar. “A la tierra hay que cuidarla de las amenazas”, dice uno de los presidentes de ronda que ha llegado desde un caserío vecino. Los demás asienten.
“Nosotros empezamos [el proceso para crear la ACR] desde el 2006. Planteamos un área de conservación avalada por el Estado mediante el Ministerio del Ambiente, pero lamentablemente nadie nos apoyó, entonces nosotros empezamos a trabajar mediante nuestro Plan de Manejo Participativo, viendo la forma cómo conservar, cómo cuidar, cómo recuperar el espacio de los páramos, que es la única reserva hídrica que nos queda en el techo andino de nuestra región., cuenta Serafin Neira, dirigente comunal y uno de los pioneros en impulsar la creación del área.
«Esto [la creación de la ACR] también será un cerrojo para la minería” comentará más adelante, al terminar la reunión, una comunera. Abel Calle, coordinador del Fondo del Agua Andes del Norte, afirma que la principal amenaza que tienen los páramos y las comunidades es la minería.
Desde el año 2007 las rondas campesinas y la organización de los pueblos de Ayabaca y Huancabamba luchan contra el megaproyecto minero (de cobre y molibdeno) Río Blanco que pretende operar en la zona.
Lucy Riojas dice que es imperativo que “Páramos Andinos Huaringas” se cree el otro año, porque están contra el tiempo y se enfrentan a “otros poderes”, en referencia a la influencia de la minería en la actividad política local. “La verdad es que hay bastante presencia de la empresa minera, pero nosotros estamos firmes en la creación de nuestra área de conservación”, asegura la funcionaria.
“Desde la comunidad Segunda y Cajas, en coordinación con las rondas campesinas, venimos reforestando para conservar los páramos, la flora y la fauna. Hay organizaciones ambientales que se han unido a esta lucha. Somos conscientes que desde nuestro pequeño espacio debemos contribuir en la defensa de nuestro medio ambiente, así como en la conservación de nuestros recursos naturales», narra Verderiz Velasco, dirigente de la comunidad campesina Segunda y Cajas, pueblo donde se ha logrado crear un área de conservación privada para proteger parte de los páramos andinos de la región, sentando un precedente en la resistencia antiminera.
Agua sí, mina no
En la pared de una casa de quincha y barro alguien ha escrito en letras verdes una inscripción que reza: “Por la defensa de la madre tierra, Río Blanco no va”. Alguien también ha intentado borrar el “no”, pero el autor de la frase —quizá— ha vuelto y ha delineado el espacio en blanco con lapicero azul. Así es la persistencia de la lucha comunal en la sierra de Huancabamba contra el megaproyecto minero, de capitales chinos, Río Blanco.
En las comunidades las rondas campesinas, organizaciones que cuidan y vigilan los territorios, no cesan en su vigilancia contra las avanzadas de la empresa minera. En el ingreso de algunas de ellas hay tranqueras y las personas deben identificarse para poder ingresar. Si no especifican su presencia en los terrenos comunales es probable que se les restrinja el paso.
Mensajes contra la minería aparecen en comunidades de Huancabamba, donde persiste la oposición al proyecto minero Río Blanco. Foto/Leandro Amaya
“La comunidad viene resistiendo en una lucha de más de 20 años contra el proyecto Río Blanco que quiere instaurarse en territorios comunales. En el año 2007 le dijimos no a este proyecto y, aunque hasta hoy insisten, nosotros como pueblo estaremos aquí para respaldar esta lucha hasta que podamos”, afirma Verderiz Velasco.
En las comunidades las rondas campesinas, organizaciones que cuidan y vigilan los territorios, no cejan en su vigilancia contra las avanzadas de la empresa minera. En el ingreso de algunas de ellas hay tranqueras y las personas deben identificarse para poder ingresar. Si no especifican su presencia en los terrenos comunales es probable que se les restrinja el paso.
“Son 23 años de lucha, no sólo se trata de un trabajo de 3 años, es una lucha sostenida por la comunidad para preservar el medioambiente, si no existiera la base organizacional en la sierra, ya hace rato [la empresa minera] hubiera entrado”, cuenta el ingeniero Abel Calle, coordinador del Fondo del Agua Andes del Norte, que a su vez ha nacido en Pacaipampa —distrito que será parte de la ACR Páramos Andinos Huaringas— y se ha criado bajo la organización comunal de la sierra piurana y sus modelos de protección ambiental.
En 2004 y 2005 las comunidades protestaron contra el proyecto minero pero fueron reprimidos fuertemente por la Policía Nacional del Perú causando la muerte de los comuneros Reemberto Herrera Racho y Melanio García González, esto llevó a que se formulen denuncias por abusos contra los derechos humanos. En 2007 mediante consulta vecinal las comunidades se opusieron al proyecto minero, y en 2009 los ronderos Vicente Romero Ramírez y Cástulo Correa Huayama de la comunidad Segunda y Cajas murieron por balas disparadas por policías. Hasta el momento no han encontrado justicia.
Uno de los hijos de Romero lo recuerda por su profundo amor a la tierra. “Mi padre no fue solo un hombre, es una raíz, y como toda raíz aunque la entierren vuelve a brotar”. En el epitafio que la comunidad cinceló en la tumba del rondero se lee: “héroe de la ecología y el medio ambiente”.
Serafín Neira dice que para los hombres de la montaña, el páramo y las lagunas son como el sistema circulatorio de una persona, si una de las venas se rompe, toda la sangre se derramará y sobrevendrá la muerte. Si se corta un río, si se desaparece una laguna, todo se perderá después, no habrá mañana. Por eso resisten.


La creación de la ACR Páramos Andinos Huaringas garantiza la conservación ambiental, el mantenimiento del flujo de agua y la preservación de las costumbres ancestrales de comunidades precolombinas Foto/Leandro Amaya C.
***
El viento corre más frío por los caminos de Huancabamba cuando la noche va creciendo tras las montañas, sobre las nubes el sol es rojo. Cuando ya la oscuridad se derrumba sobre aquella parte del mundo, y la noche es noche, y los riachuelos, los árboles y los pájaros desaparecen a la vista, parece que la vida no habita en esos parajes, sin embargo el murmullo del agua, las ramas que crujen tras el paso del tapir o el croar lejano de las ranas nos avisan que todo sigue allí entre la neblina, el abismo y el páramo.
Atardecer en Huancabamba/Leandro Amaya
*Mongabay Latam consultó a la empresa minera Río Blanco para conocer su versión respecto a las afirmaciones de los pobladores y sobre su interés en una zona ambientalmente sensible donde hay una rotunda oposición, pero hasta la publicación de este texto no obtuvimos respuesta.
*Este reportaje se publicó inicialmente en Mongabay Latam .
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