Cada especie, tamaño, color y forma de la mazorca está relacionada con una historia, un significado, un uso individual específico pero también a una propiedad curativa. Es decir, el maíz no sólo es el alimento básico de estos pueblos del altiplano sino que cada mazorca es objeto de ceremonias y hasta de presagios.

El maíz es la expresión misma de la Tierra en respuesta al llamado de sus habitantes. Si en México el maíz es representado con una figura antropomorfa masculina o de dualidad sexual, en el Perú el maíz es una mujer. La llaman Sara.

De manera que en la agricultura que practican, su complemento, el ser masculino planta la semilla. La cosecha se da al cabo de nueve meses y es momento crucial para el encuentro con las mazorcas más especiales.


Si se encuentra la mazorca de maíz blanco con una o varias líneas con granos de colores, es el « Misa Sara ». Con base en esta cantidad de granos de colores es que se realizarán los pagos a la Tierra y a los espíritus de las montañas. Hay mazorcas cuyos granos crecieron en sentido contrario. Se le llama « Cuti Sara » cuyo significado es « volver », porque tienen propiedades para sanar y cambiar el destino.

Este lazo espiritual ha sabido sobrevivir a la época de la conquista y a la llegada de la semilla transgénica. Sin embargo, el día de hoy esta relación se enfrenta a algo más devastador: el olvido. Aunque poco se conoce de cómo llegó la primera semilla de maíz desde Mesoamérica hasta el sur del continente, los antiguos cuentan historias de viajes, reuniones e intercambios entre las variadas comunidades. En Maras, Cusco es donde se construyeron pisos térmicos circulares para climatizar las diferentes especies de maíz que llegaban de distintas partes del continente y así poder obtener otras variedades. Los Quechuas del Valle Sagrado heredaron un saber muy particular a su situación geográfica del cultivo de maíz de la era precolombina.

Hoy, consecuencia de la industrialización y del abandono de la cultura por parte de los hijos, el saber del cultivo de maíz ha dejado de ser transmitido. Tan solo en los últimos cinco años, muchas especies de maíz nativo han desaparecido en silencio junto con sus guardianes. Los ancianos Quechua son los últimos guardianes del sur de América quienes mantienen y protegen con humilde soledad el vínculo ancestral con Sara, el espíritu del maíz.


Florence Goupil (Perú, 1990)

De madre de origenes quechua y de padre francés. Florence es fotógrafa de nacionalidad francesa y peruana. Creció en Lima y a los veinte años se mudó a Francia, donde terminó sus estudios. Tiene una base artística formada en École Supérieure des beaux-arts de Rennes y en la Universidad de Rennes. Ha sido publicada en las páginas de National Geographic con el “retrato de un Shipibo”. Fue finalista del concurso The Lucie Foundation Emergent Artist Scholarship 2018 y del 24 Concurso Latinoamericano de Fotografía Documental de Colombia. La serie “Sara, el espíritu del maíz” ha sido expuesta a nivel internacional y ha participado en el V encuentro de Antropología Audiovisual de Latinoamérica de la UNAM en México DF, representando a Perú. Florence ganó el tercer lugar en el concurso de Fotografía Sinchi Foundation, en la categoría de Retrato con la foto “Ausangate”.

2 respuestas

  1. Tanta historia que se debe difundir para ser conservada
    Para las generaciones venideras
    El secreto de su sangre y espíritu

  2. Demasiado bueno la descripción, me retornó cuando cosechaba maíces.
    Sabemos comer, pero muy poco valorar o revalorar. Mucha historia por ser contada.
    Las fotos inmejorables.
    Felicitaciones Florence!!!

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